CONCEPTO DE INTELIGENCIA EMOCIONAL

Home / Blog / Las Emociones / CONCEPTO DE INTELIGENCIA EMOCIONAL

Es sorprendente ver, hoy en día, el efecto devastador de los arrebatos emocionales y conscientes de las personas, que piensan que viven en sociedad, y que supuestamente son parte de ella. Y, por otro lado, los tests de coeficiente intelectual no arrojaban excesiva luz sobre el desempeño de una persona en sus actividades académicas, profesionales o personales. Es decir, ¿será que vivimos en un mundo analfabeto emocionalmente?

Por medio del estudio de cómo desarrollar inteligencia emocional, se ha logrado conocer qué factores determinan las marcadas diferencias que existen, por ejemplo, entre un trabajador “estrella” y cualquier otro ubicado en un punto medio, o entre un psicópata asocial y un líder carismático.
La diferencia radica en ese conjunto de habilidades llamadas “Inteligencia Emocional”, entre las que se destacan El Autocontrol, El Entusiasmo, La Empatía, La Perseverancia y La Capacidad para Auto- Motivarse. Si bien una parte de estas habilidades pueden venir configuradas en nuestro equipaje genético, y otras tantas se moldean durante los primeros años de vida, la evidencia respaldada por abundantes investigaciones demuestra que las habilidades emocionales son susceptibles de aprenderse y perfeccionarse a lo largo de la vida, si para ello se utilizan los métodos adecuados.

¿Qué es Inteligencia Emocional?

¨Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo¨.   Aristóteles, Ética a Nicómaco.
Por lo tanto, Inteligencia Emocional es la capacidad humana de sentir, entender, controlar y modificar estados emocionales en uno mismo y en los demás. Inteligencia emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y equilibrarlas. La Inteligencia Emocional es una habilidad, no un rasgo. Y las habilidades se pueden aprender y perfeccionar.

Las Emociones y el Cerebro

Las Emociones son esa determinada categoría de experiencias, para las que utilizamos las más dispares expresiones lingüísticas: amor, odio, ira, enojo, frustración, ansiedad, miedo, alegría, sorpresa, desagrado… Etimológicamente emoción proviene del griego movere que significa moverse, más el prefijo «e» que significa algo así como «movimiento hacia».

El engranaje biológico cerebral que rige nuestro aspecto emocional lleva más de cincuenta mil generaciones, y  ha contribuido, con demostrado éxito, a nuestra supervivencia como especie. Por ello, no hay que sorprenderse si en muchas ocasiones, frente a los complejos retos que nos presenta el mundo contemporáneo, respondamos instintivamente con recursos emocionales adaptados a las necesidades del Pleistoceno.
En esencia, toda emoción constituye un impulso que nos moviliza a la acción.

Alrededor del tallo encefálico, que constituye la región más primitiva de nuestro cerebro y que regula las funciones básicas como la respiración o el metabolismo, se fue configurando el sistema límbico, que aporta las emociones al repertorio de respuestas cerebrales. Gracias a éste, nuestros primeros ancestros pudieron ir ajustando sus acciones para adaptarse a las exigencias de un entorno cambiante.
Así, fueron desarrollando la capacidad de identificar los peligros, temerlos y evitarlos. La evolución del sistema límbico estuvo, por tanto, aparejada al desarrollo de dos potentes herramientas: la memoria y el aprendizaje.

En el sistema límbico está en constante interacción con la corteza cerebral. Gracias a una transmisión de señales de alta velocidad que permite al sistema límbico y al neocórtex trabajar juntos, podemos controlar nuestras emociones.

El sistema límbico no es una única estructura, sino una serie de vías nerviosas que incorporan estructuras profundas de los lóbulos temporales, como por ejemplo el Hipocampo y la Amígdala .
Al formar conexiones con la corteza cerebral, la materia blanca y el tronco encefálico, el sistema participa en el control y la expresión del estado anímico y las emociones, el procesamiento y almacenamiento de la memoria reciente, y el control del apetito y de las respuestas emocionales a la comida. El sistema límbico también está asociado con partes del sistema neuroendocrino y el sistema nervioso autónomo, y algunos trastornos neurológicos, como la ansiedad, están asociados con cambios hormonales y del sistema autónomo.

Inteligencia e Intelecto

A menudo se nos presentan en el mundo sujetos que evocan la caricatura estereotípica del intelectual con una asombrosa capacidad de razonamiento, pero completamente inepto en el plano personal. Quienes, en cambio, gobiernan adecuadamente sus sentimientos, y saben interpretar y relacionarse efectivamente con los sentimientos de los demás, gozan de una situación ventajosa en todos los dominios de la vida, desde el noviazgo y las relaciones íntimas hasta la comprensión de las reglas tácitas que determinan el éxito en el ámbito profesional.

Las habilidades emocionales no sólo nos hacen más humanos, sino que en muchas ocasiones constituyen una condición de base para el despliegue de otras habilidades que suelen asociarse al intelecto, como la toma de decisiones racionales. El propio Gardner ha dicho que en la vida cotidiana no existe nada más importante que la inteligencia intrapersonal, ya que a falta de ella, no acertaremos en la elección de la pareja con quien vamos a contraer matrimonio, en la elección del puesto de trabajo, etcétera.

Veamos algunas habilidades que, al desarrollarlas en nosotros, nos permitirán llevar una vida equilibrada y una mejor capacidad para tomar decisiones.

1. El Autocontrol: dominio de uno mismo

El arte de contenerse, de dominar los arrebatos emocionales y de calmarse a uno mismo ha llegado a ser interpretado por psicólogos de la altura de D. W. Winnicott como el más fundamental de los recursos psicológicos. Y como ha demostrado una profusa investigación, estas habilidades se pueden aprender y desarrollar, especialmente en los años de la infancia en los que el cerebro está en perpetua adaptación. Para comprender mejor estas afirmaciones, veamos su aplicación en el caso del enfado y la tristeza.

2. El Entusiasmo: la aptitud maestra para la vida

En cuanto al entusiasmo y la habilidad para pensar de forma positiva, C. R. Snyder, psicólogo de la Universidad de Kansas, descubrió que las expectativas de un grupo de estudiantes universitarios eran un mejor predictor de sus resultados en los exámenes que sus puntuaciones en un test llamado SAT, que tiene una elevada correlación con el coeficiente intelectual. Según Snyder, la esperanza es algo más que la visión ingenua de que todo irá bien; se trata de la creencia de que uno tiene la voluntad y dispone de la forma de llevar a cabo sus objetivos, cualesquiera que estos sean.
Con el optimismo sucede algo parecido. Siempre que no se trate de un fantasear irreal e ingenuo, el optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la desesperación o la depresión frente a las adversidades.

3. La Empatía: ponerse en la piel de los demás

La palabra empatía proviene del griego empatheia, que significa “sentir dentro”, y denota la capacidad de percibir la experiencia subjetiva de otra persona. El psicólogo norteamericano E.B. Titehener amplió el alcance del término para referirse al tipo de imitación física que realiza una persona frente al sufrimiento ajeno, con el objeto de evocar idénticas sensaciones en sí misma.

Diversas observaciones in situ han permitido identificar esta habilidad desde edades muy tempranas, como en niños de nueve meses de edad que rompen a llorar cuando ven a otro niño caerse, o niños un poco mayores que ofrecen su peluche a otro niño que está llorando y llegan incluso a arroparlo con su manta. Incluso se ha demostrado que desde los primeros días de vida, los bebés se muestran afectados cuando oyen el llanto de otro niño, lo cual ha sido considerado por algunos como el primer antecedente de la empatía.

Inteligencia en el Trabajo

Una persona que carece de control sobre sus emociones negativas podrá ser víctima de un arrebato emocional que le impida concentrarse, recordar, aprender y tomar decisiones con claridad. De ahí la frase de cierto empresario de que el estrés estupidiza a la gente.
El precio que puede llegar a pagar una empresa por la baja inteligencia emocional de su personal es tan elevado, que fácilmente podría llevarla a la quiebra.

En el caso de la aeronáutica, se estima que el 80% de los accidentes aéreos responde a errores del piloto. Como bien saben en los programas de entrenamiento de pilotos, muchas catástrofes se pueden evitar si se cuenta con una tripulación emocionalmente apta, que sepa comunicarse, trabajar en equipo, colaborar y controlar sus arrebatos.

En un entorno laboral de creciente profesionalización, en el que las personas son muy buenas en labores específicas pero ignoran el resto de tareas que conforman la cadena de valor, la productividad depende cada vez más de la adecuada coordinación de los esfuerzos individuales. Por esa razón, la inteligencia emocional, que permite implementar buenas relaciones con las demás personas, es un capital inestimable para el trabajador contemporáneo.

Las personas que desarrollan Inteligencia Emocional son más felices y lo consiguen todo. He aquí algunos hábitos que poseen éstas personas:

1. Son conscientes de su estado emocional en todo momento. Dominan sus emociones y saben cómo pueden trabajar a su favor.

2. Sus juicios son basados en hechos, no en suposiciones. No se dejan influenciar por rumores o chismes.

3. Transforman lo negativo a positivo. Al final del día reflexionan sobre lo que pasó. Hacen un inventario diario de sus actos y situaciones.

4. Ponen límites y son fuertes si es necesario. Son amables pero no tontos. Detienen la actitud manipuladora con palabras y argumentos firmes. Son contundentes, respetuosos pero firmes.

5. Se rodean de personas positivas y de relaciones interpersonales sanas. Seleccionan sus amistades cuidadosamente. No se dejan llevar por las apariencias.

6. Viven en el presente. No se preocupan por el pasado ni por el futuro.

7. Cuidan sus pensamientos y palabras. Tienen pensamientos positivos y constructivos. Seleccionan el lenguaje para hablar. Piensan antes de hablar.

8. Compran años de vida. Buscan ampliar sus experiencias y conocimientos a través de libros, conferencias o diferentes tipos de aprendizaje.

9. Saben cuál es el momento oportuno para hablar. Observan el estado emocional del otro. No lo juzgan, pero actúan con comprensión, entendimiento y en paz. No se exaltan fácilmente.

10. Tienen mente y corazón bien conectados. Son coherentes en lo que creen, piensan, hablan y hacen. Reconocen el sentimiento y emociones del otro. Se ponen en la situación del otro.

¿Qué te parece si empiezas a praticar estos hábitos, por lo menos uno cada día? Animo!!!