EL CHANTAJE EMOCIONAL

El chantaje emocional es una forma de control que recurre a la culpa, la obligación o el miedo para conseguir que otra persona actúe de acuerdo a unos intereses que van en favor de quién hace el chantaje. Una manera de manipular la voluntad ajena que se basa en provocar sentimientos negativos de los que la persona chantajeada no parece poder salir, salvo que haga aquello que quiere el «chantajista».

El chantaje emocional está infiltrado en nuestras relaciones por lo que, en ocasiones, es complicado determinar cuándo somos chantajeados o cuando ejercemos de chantajistas. Suele hacerse de manera inconsciente y esto hace más difícil detectar la manipulación. Frases como “tú sabrás lo que haces”; “allá tú con tu decisión”; “si me quisieras no harías eso”; son un ejemplo de cómo mensajes que, a priori, parecen inofensivos pueden llevar una carga de intencionalidad para meter miedo a la otra persona, si no cumple con los deseos del chantajista.

Generalmente asociamos la manipulación con personas maquiavélicas, retorcidas y egoístas. Pero en la práctica, todos recurrimos alguna vez algún tipo de chantaje emocional. Uno ejerce el papel de manipulador siempre y cuando se intenta controlar lo que dice o hace otra persona, se exige y no se da alternativa de elección o se dinamita la autoestima ajena. El objetivo del chantaje emocional suele ser ganar el poder en una relación.

SIEMPRE SE NECESITAN DOS PARA EL CHANTAJE

Exploraremos la psiquis de un chantajista. No todos tienen el mismo estilo o los mismos rasgos característicos: algunos son pasivos; otros, bastante agresivos; algunos son directos y otros sumamente sutiles; algunos nos dicen con mucha claridad cuáles serán las consecuencias si los contrariamos, y otros, por fin, enfatizan cuánto los estamos haciendo sufrir.

Pero más allá de cuán diferentes puedan aparecer a primera vista, todos ellos tienen grandes rasgos en común, características que alimentan su conducta manipuladora. Veremos cómo estos chantajistas utilizan el miedo, la obligación y la culpa, además de otras armas, y comprenderemos qué los impulsa a actuar de la manera en que lo hacen.

El miedo – el miedo a las pérdidas, el temor al cambio y al rechazo, el miedo a la pérdida del poder- es el terreno común en que se mueven todas las personas que se convierten en chantajistas. En algunos casos, esos miedos radican en una larga historia de sentimientos de angustia e ineptitud. En otros, podrán ser la respuesta a incertidumbres y estrés más recientes, que han socavado su autoestima y sus sentimientos de competencia y seguridad. El potencial para convertirse en chantajista aumenta en forma súbita a medida que los miedos se acumulan en la vida de esa persona. Verán con cuanta facilidad ciertos hechos desencadenantes, como el rechazo sentimental por parte de otra persona, la pérdida de un trabajo, un divorcio, el retiro de la vida laboral o una enfermedad pueden convertir en chantajista a alguien de nuestro entorno inmediato.

El precio que pagamos cuando cedemos reiteradamente al chantaje emocional es enorme. Los comentarios y actitudes del chantajista nos hacen sentir desequilibrados, avergonzados y culpables. Sabemos que tenemos que modificar la situación y, reiteradamente, nos prometemos que lo haremos, sólo para encontrarnos, una y otra vez, burlados y manipulados, como que hemos caído de nuevo en una emboscada.

Comenzamos a dudar de nuestra capacidad de mantener las promesas que nos hacemos y perdemos la confianza en nuestra eficiencia. Nuestra autoestima se va erosionando. Y lo peor de todo es, quizás, que cada vez que nos rendimos al chantaje emocional, perdemos contacto con nuestra propia integridad, esa brújula interior que nos ayuda a determinar cuáles deberían ser nuestros valores y nuestra conducta.

A pesar de que el chantaje emocional no es un abuso psicofísico violento, no hay que caer en la tentación de suponer que el precio que se paga no es muy elevado. Cuando convivimos con él, el chantaje emocional nos carcome y se expande hasta dañar en lo más hondo nuestras relaciones más importantes y nuestra propia autoestima.

Sin nuestro consentimiento, el chantajista se vuelve totalmente impotente.
Para que el comportamiento de alguien pueda ser calificado de «chantaje emocional», deberá tener ciertos componentes. Podemos hacer ese diagnóstico de la misma manera que un médico determinaría que una persona tiene algún malestar físico: analizando los límites.

LOS SÍNTOMAS DEL CHANTAJE EMOCIONAL

Exigencia: Luis quiere algo de Teresa. Sugiere que, dado que la relación entre ambos es tan estrecha y que comparten gran parte del día, lo más lógico sería irse a vivir juntos. «Prácticamente ya estoy viviendo en tu casa- le dice Luis a Teresa-. Lo único que nos falta es oficializar esta situación». Agrega que, dado que el departamento de Teresa es muy amplio y que, de todos modos, la mitad de sus pertenencias ya están allí, la transición sería muy simple.

Hay ocasiones en que los chantajistas no expresan con tanta claridad lo que quieren, sino que tratan de que el otro lo adivine. Luis, por ejemplo, habría podido plantear su deseo en forma indirecta: mostrarse resentido en ocasión del casamiento de un amigo y decir, después de haberle preguntado a Teresa, con insistencia, qué le pasaba: «Quisiera poder compartir más tiempo contigo; a veces me siento tan sólo…», para agregar, finalmente, que le gustaría irse a vivir con ella.
A primera vista, la sugerencia de Luis parece nacida de un profundo amor y no tiene las connotaciones de una demanda. Pero pronto resulta evidente que está decidido a obtener lo que quiere y que no piensa discutir el tema o cambiar de idea.

Resistencia: A Teresa, la idea de que Luis se mude a su casa la molesta, y expresa ese sentimiento diciéndole que no está preparada para ese cambio fundamental en la relación. Lo quiere mucho, pero, por ahora, quisiera que él tuviese su propia vivienda.
Si Teresa fuera una persona menos franca y directa, su oposición podría llegar a expresarse de otra manera. Quizás se distanciara de Luis, mostrándose menos afectuosa, o diciéndole que ha decidido pintar su departamento y que él tendrá que llevarse sus cosas hasta que haya terminado con los trabajos. Por el contrario, expresa su resistencia sin ambigüedades y el mensaje queda claro. La respuesta es «no».

Presión: Cuando Luis se da cuenta de que Teresa no reacciona como él quiere, no hace el menor esfuerzo por entender los sentimientos de ella sino que, por el contrario, la presiona para que cambie de idea. Al principio actúa como si estuviera dispuesto a discutir el tema, pero esa discusión se convierte en un monólogo que tiene el tono de un sermón. Transforma la afirmación de Teresa en una exposición de fallas de ella y plantea sus propios deseos y exigencias como algo sumamente positivo. «Solo quiero lo mejor para los dos. Quiero darte más cosas. Cuando dos personas se aman, deberían desear compartir su vida cotidiana. ¿O es que no quieres compartir tu vida conmigo? Si no fueras tan egocéntrica, podrías abrirte más a las cosas buenas de la vida».

De inmediato pasa a una actitud más seductora y pregunta: «¡Es que ya no me amas lo suficiente como para tenerme siempre a tu lado? Otro chantajista podría incrementar la presión insistiendo con vehemencia en que, al vivir juntos, el vínculo entre ambos se estrechará y la relación mejorará aún. Sea cual fuere el estilo utilizado, la presión termina por aparecer, por más que se la disfrace con expresiones benévolas tales como, por ejemplo, las de Luis al manifestar cuánto le duele la renuencia de Teresa.

Amenazas: Al ver que sus deseos chocan contra una pared, Luis hace saber a Teresa que, si ella no cede a su pedido, sufrirá las consecuencias de su negativa. El chantajista puede amenazar con causar dolor o desdicha. Podrá decirnos cuánto lo estamos haciendo sufrir. Podrá tratar de conquistarnos con promesas relativas a todo lo que nos dará o cuánto nos amará si hacemos lo que nos pide. Luis presiona a Teresa con amenazas veladas: «Si no eres capaz de asumir este tipo de compromiso, después de todo lo que compartimos y significamos el uno para el otro, quizás sea mejor que empecemos a tratar de conocer a otra persona». No amenaza directamente con romper la relación, pero a Teresa le resulta imposible ignorar lo que sus palabras implican.

Obediencia: Teresa no quiere perder a Luis y se dice a sí misma que tal vez sea un error de su parte decirle que no quiere que vaya a vivir con ella, a pesar de que la idea de una convivencia le sigue resultando incómoda. Ha analizado sus reparos de disuadirla. Algunos meses más tarde, Teresa depone su resistencia y Luis se muda a su casa.

Reiteración: Al triunfo de Luis sigue un período de paz y serenidad. Ahora que ha conseguido lo que quería, aflija la presión y la relación parece estabilizarse. Teresa sigue incómoda con la situación generada, pero también siente una gran alivio al haberse librado de la presión y recuperado el amor y la aprobación de Luis. Éste, por su parte, ha comprobado que presionar a Teresa y hacer que ella se sienta culpable es una receta infalible para obtener lo que se le ocurra. Y Teresa se ha dado cuenta de que la forma más rápida de cortar con la tácticas de presión de Luis es ceder a sus deseos. De esta manera, ha quedado establecida la base para un esquema reiterativo de exigencias, presiones y capitulaciones.

Estas seis características constituyen el núcleo del síndrome del chantaje emocional.

EL MIEDO

El chantajista emocional construye su estrategia consciente e inconscientemente en base a la información que nosotros le suministramos acerca de lo que nos causa miedo. Observan de qué cosas huimos y qué cosas nos ponen nerviosos, se fijan en cómo reaccionamos físicamente en respuesta a las cosas que sentimos. No es que tomen nota activamente y registren la información para utilizarla luego en contra de nosotros; todos absorbemos ese tipo de conocimientos sobre las personas que nos rodean.

En el chantaje emocional. El miedo transforma también al chantajista. De una manera simple, podemos decir que el miedo que siente el chantajista emocional de no obtener lo que desea se vuelve tan intenso, que lo único que atina a hacer es centrar su atención en el resultado deseado, lo cual le imposibilita apartar su mirada del objetivo y percibir de qué manera su forma de actuar nos afecta a nosotros.

En esta instancia, toda la información que han recogido sobre nosotros en el transcurso de la relación se convierte en su herramienta para cerrar un trato alimentado por el miedo de las dos partes involucradas.
La condiciones que nos ponen están hechas a medida para nosotros, y expresan cosa como: “si haces lo que te pido, YO NO TE”:…. Abandonaré….Censuraré….Dejaré de amar….Gritaré más….Haré sufrir más…Despediré …..por el contrario, me pondré bajo tu voluntad…..

Lo  único que les importa son ellos mismos.Todos los chantajistas focalizan su atención casi por completo en sus propias necesidades y la forma en que sus presiones nos afectan a nosotros no les importan en lo más mínimo.

LAS CARACTERÍSTICAS QUE NOS HACEN VULNERABLES AL CHANTAJE EMOCIONAL

  • Una excesiva necesidad de aprobación.
    • Un profundo miedo al enojo y la ira de quines nos rodean.
    • Una gran necesidad de paz, sea cual fuere su precio.
    • Una tendencia a asumir demasiada responsabilidad por la vida de los demás.
    • Un alto nivel de inseguridad con respecto a nuestro propio valor y capacidad.

¿QUIÉN ENTRENA AL CHANTAJISTA EMOCIONAL?

Cuando usted es presionado por un chantajista y actúa de la siguiente manera: Se disculpa por todo, «razona», discute, llora, suplica, cambia o cancela planes y citas importantes, cede en la esperanza de que sea la última vez, se rinde…
A usted le resulta difícil o imposible: defender su posición o sus propias necesidades, enfrentar lo que le está sucediendo, poner límites, hacerle saber al chantajista que su conducta es inaceptable….

Si contestó afirmativamente a cualquiera de estas preguntas, usted está actuando como entrenador y es protagonista en el drama del chantaje emocional.

Y así es como ingresamos en un círculo vicioso, del que no se puede escapar. Es vital prestar atención a la primera señal de alerta, el primer “si me dejas me mato” o “no podré vivir sin ti”, porque después puede ser demasiado tarde.

Aunque parezca mentira, una persona que recurre al chantaje emocional, es alguien inseguro y débil. Necesita recurrir al chantaje para conseguir sus objetivos, ya que de una manera sana no se ven capaces de conseguir cosas, aunque aparentemente parecen personas muy seguras.